3/4/10

¿Qué hacemos aquí?


- click en la imagen para verla más grande, Muriel lo merece -

¿Qué hacía el bueno de Felipe aquella primaveral tarde en el parque? De seguro que no fue a buscar a la linda Muriel, aunque con ella se topara o, mejor dicho, con los torbellinos internos que tan linda chica le suscita. De todas las siluetas que aparecen de Felipe en la viñeta, las únicas que no consiguen provocarme lástima son las tres primeras, donde allí al fondo Felipe camina tranquilo y seguro, ni podido por su imaginación, ni por su fugaz ímpetu, ni por su pesadumbre tras la derrota, tras la enésima manifestación de su yo más asentado, profundo y verdadero.

Entra en escena caminando tranquilamente, distraído, observando y explorando la flora del parque, o quién sabe si no estaría imaginando a su más reciente admirado héroe de películas del oeste, o a sí mismo en su piel, atrapando a los malos y rescatando a la chica atemorizada, haciéndose con el botín y saliendo victorioso a lomos de su caballo al trote, con una pajita entre los dientes que dibujan una sonrisa en la boca mientras se ajusta la visera de su sombrero de cowboy para tapar los últimos rayos del Sol que está punto de desaparecer por el horizonte de Monumental Valley... en esto que ya no es él sólo quien está en escena. Se esfuma aquélla cálida imagen y, por un momento, Felipe cree que, no en Monumental Valley pero sí en el parque de su barrio, puede convertirla en realidad. Se acercará a Muriel y de una vez por todas le dirá lo mucho que le gustan sus ojos, su pelo, sus labios, su caminar, lo mucho que piensa en ella y todo lo que le gustaría que hicieran juntos... "Sí, esta vez sí. Pero, ¿y si...? ¿y si...? ¿y si no entiende lo que le digo? o si ni siquiera me da tiempo para acabar de contarle todo antes de que me diga, con cara de no entender nada, que no, que a ella no le gusta galopar a lomos de ningún caballo con puestas de Sol como fondo... ¡espera! ¡si ni siquiera tengo caballo! y, ¿cómo la puedo impresionar entonces?" No sé Felipe, yo ya tengo lo mío, lo que sí sé es que para entonces ya estás a un paso de todo lo cerca que vas a ser capaz de llegar a ella.

Y ahí estás. Plantado, inmóvil en cuerpo y mente. Tú no existes, sólo es ella y tu admiración, ella y tus barreras, ella y su resplandeciente pelo iluminado por los rayos de este Sol primaveral, acariciado por la brisa vespertina, y como tal, ligero, te vas tú, sin hacer ruido porque... no vamos a engañarnos, ¡podría haber sido peor! Podrías haber tenido que abrir la boca, mover los ojos, gesticular y articular palabras y frases con sentido, conectadas incluso con tus sentimientos y la realidad presente, y todo ello mientras, como de costumbre, tu sentido de la vista inundaba todos tus receptores sensoriales, todo tu cerebro y tu capacidad de ser. Déjalo.

"Sí, mejor me doy media vuelta, ahora que aún no me ha visto y, al menos, me voy con su agradable imagen en mi mente, me voy a salvo. Pero... ¿esto va a ser así siempre? porque no me gusta mucho. Si tengo tantas ganas de decirle cosas y... ¡ay! ¡mírala, que bonita es! ¡qué buen gusto tienes, Felipe! y... eso que decía, que si quiero tanto y puedo tan poco... uff, no sé como lo haré, al menos ahora estoy a salvo... ¡sí! a salvo, pero alejándome de ella, justo ahora que la tengo tan cerca.. ¡bueh! da igual, ya se me ocurrirá algo, al fin y al cabo no ha sido tan grave, ella sigue ahí plácidamente leyendo y yo me voy a sentar en ese césped a observarla... pero, ¿sólo voy a poder observarla?

Ahora ni eso, Felipe. Mirando al césped estarás mejor, recopilando sus imágenes y tus sentimientos y asociándolos por momentos concretos te encuentras ahora, mientras miras cabizbajo al infinito, que debe quedar en el espacio de suelo que hay entre tus pequeños pies.

Felipe no fue al parque buscando a su amada Muriel, pero ahí la encontró y también a sí mismo, por enésima vez, como bien sabrán quienes le conozcan. Los momentos difíciles, esos que nos disgustan y nos hacen sentir mal, son los que, paradójicamente, más nos ayudan a crecer. Felipe creo que no lo sabe, aunque lo intuye, es un chico listo además de bueno. Lo que quizás no sepa, a pesar de ser argentino, es que el mapa no es el territorio, o que el nombre de la cosa no es la cosa, como Alejandro y Tim explicaron en sus blogs y explican, aunque camufladamente, en persona. Lo que Felipe quiere a Muriel es más de lo que pude hacer por demostrárselo, siquiera decírselo, aunque... dado cómo es este chico, cualquier cosa sería demasiado.

Esta viñeta me ha estado acompañando en mis cábalas últimamente, en algunos momentos con más fuerza que en otros, pero sí siempre en sentido creciente desde que comenzó la asignatura de HH.SS. y es que creo que, además de que Quino, su autor, es un genio, esta viñeta es una metáfora inmensa que se puede aplicar a una gran cantidad de momentos y retos vitales. Y si a tal diversidad de momentos y situaciones considero que es aplicable, será porque dentro de dicha diversidad algunos patrones habrá, ¿no? Esta es una de las premisas con que comienza el, por ahora, único libro de Robert Kegan en castellano (psicólogo y profesor de la universidad de Harvard, para quien aún no lo sepa a estas alturas) "Desbordados". También es una de las ideas que poco a poco va emergiendo entre la superficie cubierta de McGuffins (¿o seré yo que los veo por doquier?) de las clases o, mejor dicho, del proceso de aprendizaje que estamos siguiendo en HH.SS.

Y si en vez de a Muriel, tuviéramos en frente una exposición de cualquier asignatura donde tenemos que hablar en público, y si fuera la participación en una mesa redonda-rectangular, y si fuera una decisión al menos en apariencia trascendente para tu futuro, y qué tal un problema familiar o uno laboral, o los dos juntos y a la vez separados. En definitiva, un reto, un momento clave del que queremos sacar el mayor partido posible, hacer que nos sea beneficioso, agradable y/o significativo; eso es lo que veo en Muriel, pero no acaba ahí todo lo que veo. Hay algo más, otra forma de verlo, o mejor dicho, otra forma de concebirlo donde podrían caber todas las forma de verlo posibles. A ver si me explico, ¿y si Muriel fuera nuestra vida, entera, desde que somos conscientes de nuestra existencia hasta que dejamos de serlo?, ¿y si fuera algo más nimio y fugaz?, ¿la forma de afrontar tus días desde que te despiertas por la mañana?, no, algo más nimio aún, ¿una simple exposición en público?, no, no, aún más, ¿un simple roce con algún compañero del trabajo? ¿una mala contestación? ¿una buena?... quizás sí, Muriel podría ser todos y cada uno de los instantes donde, o bien podemos poner de nuestra parte para salir distintos de cómo entramos (imaginen que Felipe llega a hablar con ella, tendrían a partir de ese momento que hacer las viñetas más grandes de lo que habría crecido este chico), o bien si no ponemos nada de ello (¿y qué es ello?) salimos igual que entramos, aunque nos sintamos mal, damos vueltas y mas vueltas en la misma dimensión, en el mismo plano, tal como hace Felipe, entra por una esquina y sale por la otra, no llega a sentarse en el banco con ella.

Me encanta esta asignatura. Me encantan los bancos donde sentarse, sólo que algunas veces son tan altos y están tan bien ocupados que es más fácil quedase a contemplar, pero ¿qué hacemos aquí, ya que estamos? ¿Jugar con la pelota, mojarnos los pies, lanzarnos de cabeza al agua...? No le pregunten a Felipe.

6 comentarios :

Alejandro dijo...

Hola

Que metáfora más buena has encontrado. Me encanta. También recuerdo la primera vez que la leí, ja... cuanto me identifiqué con ella. Cuantas Muriel hay en el mundo y cuántos Felipes. ¿Quién no ha sido o no es un "Felipe"?
Pensaba en la secuencia de explorar, imaginar y experimentar (verificar, falsar, allendear). Desde luego Felipe imagina mucho, explora poco y desde luego, evita toda experimentación. Así es una manera de verificar lo que imaginaba. No hay posibilidad de falsarlo (de ver alguna excepción, algún contraejemplo). Y desde luego, difícil ir más allá.
Ventajas e inconvenientes de imaginar, algo que también nos hace entrañables y complejos como personas.

Me encanta la metáfora. Buen post.

Esta semana que viene seguimos.

Un saludo

Alejandro

Gloria dijo...

Allí estaba ella, maravillosa, sentada en un banco, leyendo, con su resplandeciente pelo brillando bajo los primeros rayos de un sol que, junto a una agradable brisa, anunciaba el principio de la primavera.

Y allí estaba él, paliducho, temblando, caído de golpe del hermoso rocín que hacía tan sólo unos minutos cabalgaba gallardo, despojado de valentía y vestido de inseguridades, por enésima vez derrotado por el más tenaz de sus adversarios: él mismo.

Unas fracciones de segundo en el tiempo real fueron las necesarias para transitar del fulgurante cielo al rugoso suelo, para desaparecer por el camino, tras los árboles. Una eternidad en el mundo de Felipe...quién sabe si también en el poco documentado hasta ahora mundo de Muriel.

Allí se quedó ella, quien habiendo percibido como ese curioso muchacho del barrio la contemplaba con fingido disimulo, como tenía por costumbre hacer desde hacía más de dos años, se preguntaba cuándo se decidiría a acercarse a ella.

Y de allí se marchó él, contemplando un césped que se antojaba el infinito, recopilando una y otra vez las mismas imágenes que, aunque bellas, se iban desgastando con el tiempo al no poder ser sustituidas por otras nuevas, más reales, más cercanas, más vivas.

En unas horas Felipe se refugiaría en una partida de ajedrez, volviendo a sentir que, en ese terreno, como en las llanuras que conformaban la depresión de Monument Valley... “él mandaba”.

David Herrero dijo...

Alejandro,

Gracias por el comentario, es muy buena tu apreciación sobre cómo gestiona Felipe su mundo, sobre sus limitaciones para interaccionar con los estímulos que se le presentan, para utilizarlos, vaya. Lo curioso es que, por muy "Felipe" que sea, tiene un encanto especial, una habilidad no intencionada, pues si no no sería él, para resultar entrañable a los demás... quizás su torpeza sea un espejo donde ver reflejadas las nuestras.



Gloria,

Creo que voy a enmarcar tu comentario :)

...pero para no pecar de "Felipe" trataré también de contestarlo. El ajedrez puede servir también de metáfora para indagar sobre cómo este chico atiende a los estímulos; es un juego complejo, donde debes construir una jugada mentalmente para poder ver la de tu contrincante y así hasta poder decidir qué pieza mover. No es fácil, pero, al menos es un espacio donde hay lugar para la imaginación, una característica de Felipe de la que bien orgulloso se puede sentir.

Alejandro dijo...

Hola

Al principio no me atreví pero quería compartir un momento personal felipista, ja... bueno, no tanto, pero sí.

Yo, 11 años, creo. Ese verano estaba impresionado, obsesionado por una chica de unos 13 años, belga, rubia, guapísima y ay¡¡¡ altísima. Me sacaba como veinte centrímetros. Yo no crecí hasta el verano en el que cumplí 14 años.

Bueno. Sigamos. Ella era consciente que no paraba de mirarla. ¿Cómo dejar de mirar tal perfección? Ay qué enamorado estaba. Era perfecta. En todo.

El caso es que un día se me acercó. Evidentemente yo jamás me hubiera atrevido. Ella sí. Se me acercó, aunque más bien me acorraló, contra una pared y ahí sin escapatoria me preguntó, con su cara perfecta, con su sonrisa, falsamente inocente: "¿por qué me miras tanto?".

Yo ahí, miraba hacia bajo, hacia sus ojos azules, hacia bajo...

- es que... es que... es que...
- ¡qué!
- es que.... (y aquí hice acopio de toda mi valentía escasa) es que me gustas.

Ya está. El secreto se había revelado. Lo más importante de mi vida, ahí estaba. Según mi experiencia de entonces, lo que tenía que pasar es que nos teníamos que besar. En todas las películas que ya había visto, tras una declaración de amor, había un beso. Yo me había declarado, faltaba por lo tanto finalizar con un beso, el que sería mi primer beso, el primer beso de mi vida con el ser más encantador de la tierra, qué digo de la tierra, del universo.

Se me quedó mirando, sonrió y dijo.

Ah... bien.

Y se fue corriendo. Y me dejó ahí con una cara de gilipollas, ja... que seguro que aún me queda. Ahí me quedé yo pensando, ¿pero ya está? ¿aquí termina todo? ¿y el beso? ¿no había beso?

Ja... en fin, momento felipino, en cierta manera. Aunque a Felipe seguro que le hubiera ido bien, al menos teniendo en cuenta la interpretación de Gloria.

Admito que me gustó tanto su comentario que quise subjetivizar más el mío.

Cuánto se aprende de estas situaciones.

Un saludo

Alejandro

David Herrero dijo...

Qué buena es tu historia Alejandro, digna de ser representada en viñetas... hablando de imágenes, tu historia ha traído a la mente las imágenes de una película de Truffaut, Baisers Volés, concrétamente una escena donde Antoine Doinel, otro de mis personajes favoritos, otro amante de la belleza, tiene una cita con una chica más alta que él: aquí el vídeo espero que te traiga buenos recuerdos ;)

Esta obra forma parte de una serie de películas que el director hizo sobre un mismo personaje, Antoine Doinel, su alter ego, utilizando el mismo actor, lógicamente, a lo largo del tiempo. Desde "Les 400 coups" hasta "L'amour en fuite", desde la niñez hasta la madurez, cuatro películas y un corto que conforman un libro abierto sobre el amor, la soledad, las relaciones de pareja... donde, al igual que sucede con Felipe, este personaje también cuenta con otra fémina que lo complementa y lo acompaña Christine Darbon.

bonjour.

Alejandro dijo...

Aún no había visto el trozo de la peli... y me ha gustado mucho, promete.... La veré.... ay me encantan las francesas, si es que puedo decir esto por aquí. Bueno, a estas alturas de comentarios ya no lo leerá nadie.

Bueno, lo de la chica alta no termina de coincidir con mi experiencia, ¿eh? ja... pero buen intento, lo mío era trés trés naïve.

J'aime beaucoupe ecouter français... era extraño entender lo que decían y al mismo tiempo entender lo que estaba subtitulado. No me pasa cuando veo pelis chinas ja... en francés es otra cosa.

Lo dicho, tengo que ver la peli.

Gracias por el enlace, cuánto por explorar

Un saludo

Alejandro