10/1/09

Consigue la respuesta correcta, no importa que entiendas lo que haces

A diferencia de su contenido, no me gusta el título que ha escogido Gimeno Sacristán para el capítulo octavo de su libro. La palabra credo y su propia naturaleza, quizás tuviera un lugar a finales del s. XIX en el ámbito educativo, pero hoy, tomando por herramienta de trabajo la concepción de currículum que hemos trabajado en el anterior bloque de esta asignatura, desde luego que no lo tiene, o mejor dicho, ya que estamos tratando sobre la realidad de nuestra aulas, no debería tenerlo. Así pues, bien por la referencia histórica a la obra de Dewey que ha tardado en ser traducida al castellano cien años, pero mal por utilizarla de cualquier manera que no sea para justificar su falta de lugar en el panorama educativo de hoy día.
¿Deberíamos tener aún un credo pedagógico a estas alturas, o, deberíamos tener ya un mecanismo incorporado a nuestra práctica de corrección de errores? Me refiero a un mecanismo que, a diferencia de cualquier credo, receta o dogma pedagógico, regulara a base de retroalimentación la práctica docente, para el que no hubiera pregunta prohibida o demasiado sensible, que combinara la apertura a nuevas ideas con el escrutinio más riguroso y escéptico de éstas, que seleccionara el trigo de la cizaña, que valorara la diversidad de ideas y el debate, y que alentara el análisis, primero, de lo que hacemos y, segundo, de lo que obtenemos, y por ende la formulación de opiniones. En definitiva la integración de un sistema de enseñanza junto a un sistema autocorrector.

Mi respuesta es un rotundo sí a la segunda opción, a lo que además he de añadir que desconozco la existencia de sistema riguroso alguno que tenga como fin la propia mejora de la práctica docente. Por el contrario si que conozco predicadores con ansias de imponer sus credos. No creo que tengamos que basar nuestra crítica, deconstrucción y posterior reconstrucción alternativa del sistema educativo en la visión carente de sentido evolucionista de algunas personas que parecen no haberse dado aún cuenta del cambio sufrido por la sociedad, tanto a nivel nacional como global, desde que los niveles eran más altos y aún no se había pedagogizado tanto la enseñanza como sucede hoy, pero, aún así, creo que merece una crítica cierto sistema evaluador / comparador del que se sirve esta misma gente para fundamentar la defensa de los males que dicen haber en la educación.

Me parece simplista, de mal gusto e indicador de una falta de visión de la educación como un proceso de formación y mejora personal, que la finalidad del estudio de mayor magnitud que se realiza sobre los sistemas educativos, primero, esté realizado por una organización para la cooperación y el desarrollo económico (OCDE), lo vería mejor si esa última E fuera una H, donde significara humanitario, o de la humanidad. Qué manía con confundir el desarrollo económico con el de la empresa humana. Y, a grandes rasgos, lo segundo que no entiendo, o no comparto, es su visión de la globalidad, o del término globalización. Que hay países menos ricos que otros ya se sabe, algunos incluso saben que unos existen gracias a los otros; cómo influye eso en su sistema educativo sería interesante conocerlo para analizar las relaciones implícitas; pero, determinar la calidad de un sistema educativo en función de los resultados de sus alumnos en una prueba estandarizada para todos los países que en esto participan, y con ello elaborar listas cuyo último fin es la comparación entre estos países, creo que es una visión equivocada, o una utilización interesada, del término globalización, pues éste debería estar dentro de las aulas, en los contenidos del currículum y finalmente en la mente de los alumnos con el fin de enriquecer y potenciar sus herramientas analíticas para comprender el mundo actual, para hacerlos en última instancia más conscientes de la realidad que viven. Pero aquí la globalización se entiende como comparación de resultados, de productos, como si la educación fuera un negocio, y este informe la contabilidad de gastos y beneficios. Qué equivocado debe estar Gimeno, desde la perspectiva de los defensores de estas praxis comparativas, cuando considera la educación como una actividad contrafática y no natural y cuyo éxito debiera ser medio por el fracaso que es capaz de evitar y por las resistencias que logra vencer.

Quizás el primer paso para no equivocarnos con estas pruebas y sus resultados fuera definir el propósito de la educación, y su integración con el de la humanidad, y tras ello, un segundo paso consistiría en adquirir una actitud crítica y escéptica ante la realidad educativa que nos llevara a ver, por ejemplo, que los propósitos del informe PISA siguen un norte distinto a los de la educación.

El escepticismo, al igual que su antónimo, la credulidad, deben ser cultivados entorno a una persona para que ésta adquiera los hábitos tanto del uno como de la otra. Mi opinión es que la batalla en el terreno educativo la está ganando la credulidad. Y no es por que sea muy difícil dominar los principios del escepticismo, véase un comprador de un coche de segunda mano, lo que ocurre es que la educación tiene una larga tradición donde siempre ha primado más el resultado que el proceso de aprendizaje, donde el rol del docente era el de proveedor del conocimiento del discente, donde la participación activa del alumno en la escuela se ha reducido al periodo de recreo, donde siempre ha estado presente la función reproductora de la sociedad de la época, y donde en esas épocas siempre ha habido un estamento de los que mandan y otro de los que obedecen, donde las mismas materias (producto éstas de la compartimentación del conocimiento que se posee del mundo) que se impartían ayer son las que se imparten hoy, donde la organización y disposición de los elementos de un aula, profesor y alumnos incluidos, poco ha cambiado.

Así hemos llegado hasta hoy en día, con una educación basada en la credulidad, como si aún fueran pocas y poco potentes las fuentes inagotables de credulidad que ya existen en el mundo: política, economía, publicidad y religión. ¿Por qué no aprovechar el gran potencial de la educación para comenzar a crear una sociedad más escéptica, que no se lleve las manos a la cabeza por haber descendido dos puestos respecto a la última vez en el informe PISA? ¿Por qué no aplicamos los mismos niveles de escepticismo al comprar un coche usado que al diseñar y emprender el acto de enseñanza-aprendizaje?

No pretendo, ni me gustaría, que la redacción de esta reflexión se convirtiera en una búsqueda de conspiraciones, pero lo que sí es evidente es que quien ostenta el poder en cualquier momento y lugar, lo primero de lo que se preocupará es de mantenerlo, y lo segundo de buscar medios para que el resto no adquiera posiciones excesivamente críticas sobre su posición y el uso que hace de su poder. En definitiva creo que los que tienen algo que vender, los que desean influir en la opinión pública, los que mandan, ya no es que carezcan del deseo de fomentar el libre pensamiento y el escepticismo, sino que tienen interés en todo lo contrario, en no fomentarlo. La educación es la herramienta para contrarrestar este fenómeno contraproducente para la humanidad, pero aún hemos de aprender a comprenderla, depurarla y optimizar su funcionamiento.

Así pues, al entender que la educación en general no cumple con dicho cometido, trataré de buscar sus problemas en la diferencia existente entre lo que, desde mi opinión, debería ser, y lo que percibo que es.

No es muy extraño encontrar argumentos que traten de explicar los problemas de la educación de hoy partiendo de la idea de que antes de que se produjera la mezcla cultural que hoy existe en el territorio español, es decir, décadas atrás, el sistema educativo funcionaba mejor que en la actualidad. Existe más diversidad sociocultural, eso es evidente, pero ¿realmente es ésta el motivo de los problemas de la educación actual? o más bien, ¿habría que preguntarse si antes de llegar al actual nivel de inmigración ya funcionaba correctamente el sistema educativo? Si retomamos lo que decía Gimeno acerca de cómo medir el éxito de la educación y lo aplicamos al caso, desde mi punto de vista uno de los obstáculos, o resistencias, que se deberían haber superado sería, por ejemplo, el de hacer abuso de poder desde los cargos políticos adoptando posiciones prejuiciosas, sobre todo tratándose de materia educativa. ¿Cómo puede ser que si el sistema educativo español, en el que se educaron algunos políticos de hoy, era tan bueno hace varias décadas, hoy nos peleemos por la implantación, o no, de un espacio neutral para la reflexión, análisis y estudio del sistema democrático, el tratado de los derecho humanos y los valores comunes de la ciudadanía, cuando además éste ya es contemplado por los currículos europeros? No tengo otra respuesta que no sea reconocer que el sistema educativo de entonces quizás no fuera tan bueno como lo quieren ver, y hacernos ver, cierta parte de la sociedad. Debates como el actual sobre la Educación para la Ciudadanía son muestra de que, ni antes el sistema educativo cumplía su verdadero cometido, ni a día de hoy tenemos asegurado que lo cumpla gracias al estamento político, fuente de credulidad. A ellos les lanzaría la siguiente pregunta ¿puede existir una materia más transversal y global sobre la que trabajar que el propio sistema político y social donde hemos nacido y que debemos aprender a cuidar y utilizar, ya que así garantizaremos el futuro? ¿Algo más importante que los derechos humanos que amparan a todos los ciudadanos del mundo? Aunque vista la violación sistemática de éstos últimos por parte de algunos países, a lo mejor, me podría ahorrar la pregunta. Me pregunto, ya que los gobiernos, amparándose en el sistema establecido, hacen que la educación sea obligatoria, ¿porqué no hacer también obligatorio el estudio y conocimiento del propio sistema que les legitima para imponer tal obligación a los niños? Tras ver casos como el del gobierno de la Comunidad Valenciana y su ciudadanía en inglés, me resulta aún más evidente que el estamento político puede que no tenga interés alguno en que la ciudadanía adopte posiciones escépticas y demasiado críticas ante su entorno, dentro del cual se encontrarían los propios gobiernos. Casos como éste también son muestra de la victoria de la credulidad dentro del sistema educativo.

De los políticos deduzco que debe ser económicamente más eficiente para conseguir su máximo propósito y fin último, esto es, la aceptación social mayoritaria, redactar una nueva ley educativa que cambie todo para no cambiar nada, y que al final acabe consiguiendo el cambio al mal humor por parte de los docente debido al desconcierto general, que pararse a pensar y analizar el factor más importante sobre el que se fundamenta toda la educación, es decir, el cuerpo de maestros. ¿Para que ponerse a retejar la casa si los pilares están aún en peores condiciones? ¿Acaso no se han dado cuenta los políticos, de que el sistema formativo para los futuros docentes es deficiente? ¿También obvian que el sistema de acceso a la docencia es más que deficiente, incapaz de seleccionar a los mejores futuros profesionales? Quizás desde las alturas no lleguen a vislumbrar bien la base y por ello sea más habitual, y más fácil deduzco yo, emprender reformas educativas consistentes en cambiar el orden de los factores para que el producto siga siendo el mismo, que tomar la decisión de cambiar los propios factores. Creo, en definitiva, que una verdadera reforma educativa no debería obviar la deficiente formación actual de sus futuros profesionales y el ineficaz método de selección, si es que pretende ser una auténtica re-forma.

Por otra parte, también encuentro otro síntoma de que la política en educación se empeña en hacer de su oficio, no como dice Gimeno cuando cita a Aristóteles el arte de lo posible, sino el arte de la credulidad. Me cuesta creer, y más aún entender, que sus leyes educativas son producto de un serio proceso de reflexión y análisis, no sólo de la realidad actual, sino también de la de épocas pasadas. ¿Cómo puede ser que un logro de los políticos españoles del s.XIX en educación, crear una ley de bases sobre la que pueda construir el sistema educativo nacional cualquier gobierno, no esté presente hoy día? Pues se me ocurre que guiándose más, a la hora de legislar, por el interés en recaudar votos que en hacer un sistema educativo próspero. Es decir, no encuentro el escepticismo ni a la hora de educar, ni a la hora de legislar, con lo que acabamos obteniendo una red de relaciones circular, a partir de la cual se me hace más obvia la necesidad de comenzar a utilizar la educación con el objetivo de cultivar la futura consciencia del actual alumno para que entienda mejor el mundo en el que viva cuando salga de la escuela. Y, retomando el bloque anterior de esta asignatura, entiendo también que los docentes se apoyen mayoritariamente en los objetivos a la hora de programar y diseñar currículos que en los principios de procedimiento, representantes, a mi modo de ver, del escepticismo llevado a la educación.

Decía anteriormente que aprecio una relación de forma circular entre lo que se hace en el marco legislativo y lo que sucede dentro del aula, y por consiguiente, de lo que sale de ella. Ahora trataré el lado más cotidiano de esa relación, y así vuelvo a caer en un estado pesimista cuando trato de buscar coincidencias entre el contrato pedagógico del texto de Gimeno y la realidad de las aulas, la cual, dada mi ausencia de experiencia como docente, la analizaré desde mi experiencia como alumno.


Si he concluido anteriormente que el propósito de la educación sería conseguir dotar a los alumnos de las herramientas esenciales para valorar eficazmente cualquier afirmación de conocimiento, y así, al salir de la escuela, no sólo emplear el escepticismo al comprar un coche de segunda mano sino en cualquier actividad de si vida, ¿cómo es que la percepción que tengo ahora de lo que fue mi educación secundaria se resume en la frase “consigue la respuesta correcta, no importa que entiendas lo que haces”, y que más tarde se constató e hizo explícita en el famoso examen de selectividad? Decididamente no funcionábamos siguiendo el contrato pedagógico que propone Gimeno.

Dentro de esa predisposición e imposición a la memorización, también encontré resquicios, no muy abundantes, donde se podía encontrar la inspiración a través del cultivo del escepticismo y lo asombroso. Frente a la mecánica de encontrar una determinada respuesta o suspender, algunos osados nos ofrecía la posibilidad de profundizar en nuestros propios intereses, en nuestras ideas o errores conceptuales, adentrarnos en una perspectiva evolutiva, en ideas erróneas que todo el mundo había creído ciertas en otra época, lo que en definitiva acababa convirtiendo los ambientes en embriagadores, en vez de opresivos. De esta manera, cuando lo que aprendes tiene un sentido, es muy difícil que un contenido no se convierta en relevante. El objetivo de todo profesor debería ser convertirse en alguien que no sólo sea capaz de entender lo que trata de explicar, sino que sea capaz de explicar lo que entiende, de lo contrario acabará convirtiéndose en alguien que enseña recetas como si a él se las hubieran revelado tiempo atrás en el Monte Sinaí. De igual manera el alumno juega un papel fundamental, es quien va a recibir el contenido que le ayudará a tomar conciencia, y por ello otra labor del profesor será la de tratar de leer a sus alumnos, aprender de ellos, pues no todos son iguales, a pesar de que estén compartimentados en función de su edad.

De lo anterior se puede extraer la conclusión de que el docente también debe tener capacidad de decisión en la selección de los contenidos a impartir, aunque no toda. En lo mismo que se asemejan un científico de cualquier campo con un divulgador científico encargado de llevar ese conocimiento al pueblo, se debe asemejar un profesor a la materia que se disponga a trabajar con los alumnos.

1 comentarios :

Anónimo dijo...

Bueno David me ha gustado mucho tu extensa y profunda reflexión, sin duda el estilo ya dice mucho y tienes capacidad para la narrativa. Hay muchas ideas aquí y me tocaría hacer también un comentario profundo, hay cuestiones que quizás podemos matizar ante la contudencia de algunas afirmaciones que en algunos casos creo que no son tan determinantes o tienen su contexto. Pero coincido en resaltar o rescatar algunas cuestiones que planteas como la de las finalidades y principios de actuación, la necesidad de trabajar desde una lógica diferente la relación medio y fin, el incorporar esa idea de innovación curricular como un procesos intermitente... es cierto que necesitamos repensar la educación, necesitamos nuevas respuestas y construir tanto discursos como acciones. Hay muchas cuestiones que planteas aquí y que duda cabe que son dilemáticas y nos lleva a tomar decisiones, son dilemas y tensiones y está claro que esa visión de los problemas ya nos lleva a la responsabilidad moral y ética de actuar desde otros referentes y modos de hacer.

Leonor Margalef