Uno de los varios trinomios sobre los que hemos discurrido en lo que llevamos de trayecto en la asignatura de HH.SS. es el que componen los tres diferentes modelos de motivación que acontecen, de alguna manera, entorno a una intervención social.
Quizás debiera, antes que otra cosa, explicar porqué tomo ese término del mundo matemático para aplicarlo a esta, tan distinta, realidad, la social, donde no es que no exista lo mensurable y la posibilidad de descomponer un fenómeno en indicadores más concretos y aislados, creo yo, sino que el propio acto de medir ya aporta tal carga de subjetividad que es difícil universalizar criterios, patrones... a pesar de que, vaya paradoja, precisamente lo social, su dominio, su sutil e implícito lenguaje sea el que más tiempo llevamos practicando y puliendo los humanos. ¿Por qué, entonces?
Un trinomio es un tipo de polinomio compuesto de tres monomios relacionados por los signos más o menos. El resultado o, mejor dicho, el proceso y desarrollo de una actuación social, cualquiera, estará determinado por la relación que exista entre los tres modelos de motivación:
Afiliación: ¿cómo se siente la persona consigo misma y con los demás?
Logro: ¿qué se pretende conseguir?
Posicionamiento: ¿qué significado y relevancia emerge de lo que se está haciendo y/o diciendo? ¿cómo posiciona éste a la persona?
Todas las respuestas, sin necesidad de ser explícitas, a cada una de las anteriores preguntas compondrán los elementos de cada monomio. La relación en cuanto a significado, preeminencia o irrelevancia, que se establezca entre cada conjunto de respuestas, además de éstas mismas, conformarán el trinomio.
Siempre que he tenido la oportunidad de entrar en contacto con material teórico sobre el fenómeno de la motivación, he disfrutado explorando y creo que es por la gran cantidad de conjeturas, conexiones y, en definitiva, explicaciones en cierto grado convincentes que sobre la realidad aporta. Desde el famoso binomio "intrínseco/extrínseco", hasta los ocho tipos de motivación que se nos presentó hace dos años en la asignatura de Procesos Psicológicos Básicos, y que iban desde lo más intrínseco (¿lo más verdadero?) hasta lo más extrínseco (¿lo más banal y efímero?) pasando por otras seis paradas. Eran ocho y, desafortunadamente, no he podido volver a tener contacto con ese material pero, visto este nuevo trinomio, creo que no tengo por qué preocuparme. Mi interés es su capacidad explicativa y, a pesar de ser menor en número los elementos, los posibles vínculos y dobleces que permiten las definiciones de estos tres tipos, hacen de ellos una herramienta más potente que una mera disposición secuenciada de motivaciones unidimensional. Por muchas que sean aquéllas, éstas me están permitiendo ir más allá.
En este trinomio se está matizando y definiendo qué es la motivación, no sólo su origen. Son tres motores que, como tales, pueden ser controlables o, mejor, mucho mejor dicho, identificables y legibles, o también pueden ser obviados e irreconocibles, inexistentes para el individuo. ¿Te gusta conducir, aunque sea por los raíles de un scalextric, o ser conducido?
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Dentro de su potencial como herramienta para la toma de consciencia, se encuentra, entre otras, la posibilidad de utilizarlos en una intervención previa al acto social. Sería como mirarse en un espejo de mayor definición al que proporcionan los habituales miedos y temores, hipótesis negativas y autosugestiones inconscientes. ¿Por qué voy a participar en esa mesa redonda? ¿Por que le voy a decir, o no, esto o aquello a Muriel? ¿Por qué voy a clase, aunque sea a la última hora de un día lluvioso en el que estoy calentito en mi casa? Hablarás mejor o peor, dirás o dejarás de decir, irás o no; pero, desde luego, la lectura de tus aspiraciones, voluntades, pulsiones... no sé cómo más llamarlo, será más compleja, con más posibilidades explicativas y más cercana a una mayor consciencia.
Me gustaría ahora fijar la atención sobre un tipo concreto de motivación, la que haría, por ejemplo, que te compraras un coche por ser un deportivo rojo, ya que los deportivos rojos atraen más a las chicas guapas y rubias, que son las que te gustan. Sería, pues, el significado que creas y elaboras sobre esas características, el color y el modelo, rojo y deportivo, las que determinarían tu decisión. O también se podría decir que son las ganas de aparentar ser, de parecer, de que los demás vean en ti algo que, quizás inconscientemente, quizás no, sabes que no tendían por qué ver a priori, de causar una impresión al espectador, más o menos definida, pero de cualquier manera buscando rellenar un déficit, un hueco, una distancia.
En algunos momentos vitales puede que sea necesaria hacerla preeminente, basarse en ella para organizar tu actividad, o dejar que sea ella la que la organice; véase, por ejemplo, la adolescencia, donde los sentimientos de pertenencia inmediata en relación con tus iguales son inevitables. Puede reportar beneficios al individuo, quien previamente planifica, y luego verifica o falsa para salir finalmente reforzado. Creo que puede ayudar a crecer el autoconcepto.
Pero, ¿y cuando este significado que cada uno tiene sobre sí mismo no es lo suficientemente ajustado, ni saludable como para andar por ahí sin miedo a la vida, sin miedo a parecer sin necesidad de forzar, sin miedo a dejarse llevar tal como uno mismo es, ni más ni menos? Esa herramienta que si bien puede servir de impulso en algunos momentos, y que generalmente es conveniente que esté presente, pues nunca dejaremos de causar impresiones en los demás, también puede tornarse razón de ser, relegando a los otros monomios de esta relación algebraica a un lugar prácticamente inexistente, rompiendo, de esta manera, no ya la posibilidad de equilibrio y armonía entre las tres, sino incluso la posibilidad de gestionarse a uno mismo para liberarse de esos temores a no dar la talla o, al menos, para identificarlos para fijarse objetivos a conseguir, para tratar de disfrutar o, al menos también, para saber que se puede. Ahora sí, pregúntenle a Felipe.
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¿Qué hacía el bueno de Felipe aquella primaveral tarde en el parque? De seguro que no fue a buscar a la linda Muriel, aunque con ella se topara o, mejor dicho, con los torbellinos internos que tan linda chica le suscita. De todas las siluetas que aparecen de Felipe en la viñeta, las únicas que no consiguen provocarme lástima son las tres primeras, donde allí al fondo Felipe camina tranquilo y seguro, ni podido por su imaginación, ni por su fugaz ímpetu, ni por su pesadumbre tras la derrota, tras la enésima manifestación de su yo más asentado, profundo y verdadero.
Entra en escena caminando tranquilamente, distraído, observando y explorando la flora del parque, o quién sabe si no estaría imaginando a su más reciente admirado héroe de películas del oeste, o a sí mismo en su piel, atrapando a los malos y rescatando a la chica atemorizada, haciéndose con el botín y saliendo victorioso a lomos de su caballo al trote, con una pajita entre los dientes que dibujan una sonrisa en la boca mientras se ajusta la visera de su sombrero de cowboy para tapar los últimos rayos del Sol que está punto de desaparecer por el horizonte de Monumental Valley... en esto que ya no es él sólo quien está en escena. Se esfuma aquélla cálida imagen y, por un momento, Felipe cree que, no en Monumental Valley pero sí en el parque de su barrio, puede convertirla en realidad. Se acercará a Muriel y de una vez por todas le dirá lo mucho que le gustan sus ojos, su pelo, sus labios, su caminar, lo mucho que piensa en ella y todo lo que le gustaría que hicieran juntos... "Sí, esta vez sí. Pero, ¿y si...? ¿y si...? ¿y si no entiende lo que le digo? o si ni siquiera me da tiempo para acabar de contarle todo antes de que me diga, con cara de no entender nada, que no, que a ella no le gusta galopar a lomos de ningún caballo con puestas de Sol como fondo... ¡espera! ¡si ni siquiera tengo caballo! y, ¿cómo la puedo impresionar entonces?" No sé Felipe, yo ya tengo lo mío, lo que sí sé es que para entonces ya estás a un paso de todo lo cerca que vas a ser capaz de llegar a ella.
Y ahí estás. Plantado, inmóvil en cuerpo y mente. Tú no existes, sólo es ella y tu admiración, ella y tus barreras, ella y su resplandeciente pelo iluminado por los rayos de este Sol primaveral, acariciado por la brisa vespertina, y como tal, ligero, te vas tú, sin hacer ruido porque... no vamos a engañarnos, ¡podría haber sido peor! Podrías haber tenido que abrir la boca, mover los ojos, gesticular y articular palabras y frases con sentido, conectadas incluso con tus sentimientos y la realidad presente, y todo ello mientras, como de costumbre, tu sentido de la vista inundaba todos tus receptores sensoriales, todo tu cerebro y tu capacidad de ser. Déjalo.
"Sí, mejor me doy media vuelta, ahora que aún no me ha visto y, al menos, me voy con su agradable imagen en mi mente, me voy a salvo. Pero... ¿esto va a ser así siempre? porque no me gusta mucho. Si tengo tantas ganas de decirle cosas y... ¡ay! ¡mírala, que bonita es! ¡qué buen gusto tienes, Felipe! y... eso que decía, que si quiero tanto y puedo tan poco... uff, no sé como lo haré, al menos ahora estoy a salvo... ¡sí! a salvo, pero alejándome de ella, justo ahora que la tengo tan cerca.. ¡bueh! da igual, ya se me ocurrirá algo, al fin y al cabo no ha sido tan grave, ella sigue ahí plácidamente leyendo y yo me voy a sentar en ese césped a observarla... pero, ¿sólo voy a poder observarla?
Ahora ni eso, Felipe. Mirando al césped estarás mejor, recopilando sus imágenes y tus sentimientos y asociándolos por momentos concretos te encuentras ahora, mientras miras cabizbajo al infinito, que debe quedar en el espacio de suelo que hay entre tus pequeños pies.
Felipe no fue al parque buscando a su amada Muriel, pero ahí la encontró y también a sí mismo, por enésima vez, como bien sabrán quienes le conozcan. Los momentos difíciles, esos que nos disgustan y nos hacen sentir mal, son los que, paradójicamente, más nos ayudan a crecer. Felipe creo que no lo sabe, aunque lo intuye, es un chico listo además de bueno. Lo que quizás no sepa, a pesar de ser argentino, es que el mapa no es el territorio, o que el nombre de la cosa no es la cosa, como Alejandro y Tim explicaron en sus blogs y explican, aunque camufladamente, en persona. Lo que Felipe quiere a Muriel es más de lo que pude hacer por demostrárselo, siquiera decírselo, aunque... dado cómo es este chico, cualquier cosa sería demasiado.
Esta viñeta me ha estado acompañando en mis cábalas últimamente, en algunos momentos con más fuerza que en otros, pero sí siempre en sentido creciente desde que comenzó la asignatura de HH.SS. y es que creo que, además de que Quino, su autor, es un genio, esta viñeta es una metáfora inmensa que se puede aplicar a una gran cantidad de momentos y retos vitales. Y si a tal diversidad de momentos y situaciones considero que es aplicable, será porque dentro de dicha diversidad algunos patrones habrá, ¿no? Esta es una de las premisas con que comienza el, por ahora, único libro de Robert Kegan en castellano (psicólogo y profesor de la universidad de Harvard, para quien aún no lo sepa a estas alturas) "Desbordados". También es una de las ideas que poco a poco va emergiendo entre la superficie cubierta de McGuffins (¿o seré yo que los veo por doquier?) de las clases o, mejor dicho, del proceso de aprendizaje que estamos siguiendo en HH.SS.
Y si en vez de a Muriel, tuviéramos en frente una exposición de cualquier asignatura donde tenemos que hablar en público, y si fuera la participación en una mesa redonda-rectangular, y si fuera una decisión al menos en apariencia trascendente para tu futuro, y qué tal un problema familiar o uno laboral, o los dos juntos y a la vez separados. En definitiva, un reto, un momento clave del que queremos sacar el mayor partido posible, hacer que nos sea beneficioso, agradable y/o significativo; eso es lo que veo en Muriel, pero no acaba ahí todo lo que veo. Hay algo más, otra forma de verlo, o mejor dicho, otra forma de concebirlo donde podrían caber todas las forma de verlo posibles. A ver si me explico, ¿y si Muriel fuera nuestra vida, entera, desde que somos conscientes de nuestra existencia hasta que dejamos de serlo?, ¿y si fuera algo más nimio y fugaz?, ¿la forma de afrontar tus días desde que te despiertas por la mañana?, no, algo más nimio aún, ¿una simple exposición en público?, no, no, aún más, ¿un simple roce con algún compañero del trabajo? ¿una mala contestación? ¿una buena?... quizás sí, Muriel podría ser todos y cada uno de los instantes donde, o bien podemos poner de nuestra parte para salir distintos de cómo entramos (imaginen que Felipe llega a hablar con ella, tendrían a partir de ese momento que hacer las viñetas más grandes de lo que habría crecido este chico), o bien si no ponemos nada de ello (¿y qué es ello?) salimos igual que entramos, aunque nos sintamos mal, damos vueltas y mas vueltas en la misma dimensión, en el mismo plano, tal como hace Felipe, entra por una esquina y sale por la otra, no llega a sentarse en el banco con ella.
Me encanta esta asignatura. Me encantan los bancos donde sentarse, sólo que algunas veces son tan altos y están tan bien ocupados que es más fácil quedase a contemplar, pero ¿qué hacemos aquí, ya que estamos? ¿Jugar con la pelota, mojarnos los pies, lanzarnos de cabeza al agua...? No le pregunten a Felipe.
1. f. Conexión, relación o unión de unas cosas con otras.
2. f. Actitud lógica y consecuente con una posición anterior.
Pasado ya algo más de una semana y asimilada la experiencia, cuando las aguas vuelven a discurrir por su cauce, la angustia me permite dormir con moderada tranquilidad y ya soy capaz de reconocer los cumplidos, más o menos ajustados, y encontrarme en ellos, accedo a llevar a cabo este humilde acto de gratitud. Devolver a la blogsfera, por la que pululan, para gusto del que escribe, personas cercanas y admirables, unas ya conocidas y otras recién encontradas -todas vinculadas- las reflexiones que me ha permitido elaborar mi corta, pero más que intensa, experiencia en el IV Encuentro de Innovación en Docencia Universitaria.
Aunque, para ser sincero (cómo si no podría yo hablar de esto), mi contacto con la realidad que allí tuvo lugar aquella tarde del jueves 25 de febrero alumbrada por unas oscuras nubes, de cuya generosidad pudimos disfrutar durante el trayecto que separa el restuaurante más cercano del salón de actos del Edificio Multidepartamental del campus de la UAH en Guadalajara, se remonta a lugares distintos y tiempos anteriores. Ese salón de actos estaba presidido por una mesa rectangular y alargada. De esas he visto unas cuantas, pero la invitación con la que me topé la mañana del día previo a mi último examen de febrero, donde debía depositar en un papel todo lo que mi memoria había sido capaz de almacenar durante el resto de aquella mañana y el resto del día (contando ya con los esquemas previos que el asisitir a clase para escuchar al profesor me había proporcionado, no seamos malos), hacía referencia a otra mesa. A otra concepción de mesa, más bien, pues el adjetivo redonda alude, en este caso, no a la geometría del mueble, sino a la geometría de la relación que establecen los que hablan desde detrás de la mesa.
Desde que acabó la reunión donde me transmitieron esa invitación, comenzó mi proceso de "coloque", como lo hemos denominado en las últimas clases de HH.SS. (Aclaro, para los que aún están más despistados que yo, que dicho proceso se refiere a desde dónde llegas a afrontar una determinada situación que implicará relacionarte socialmente. Gloria también lo explica más detalladamente en su blog), pero las vivencias y realidades de que me nutrí para rodearme de los agumentos que decir o, mejor dicho, con los que jugar en aquella mesa redonda, se han ido sucediendo a lo largo del tiempo que llevo en la Licenciatura de Psicopedagogía.
Lugares y momentos que en un principio podían llegar a ser un poco exasperantes, por qué no decirlo. ¿Dónde está el guión? ¿Dónde caen los límites? ¿Y las instrucciones? ¿Cómo, que esto se construye entre todos? ¿Y poco a poco? ¡Vaya! ¿No viene dado de antemano? ¡Pero bueno!... ¡¿Y así pretenden que aprendamos lo que tenemos que decir en el examen?! Y así, muchas otras preguntas nacidas de la incertiduembre. Pues sí, aprenderás, y mucho y más trascendente que sólo eso. Quizás la trascendencia es que a todas esas preguntas has de responder tú, si quieres. Quizás la trascendencia se encuentre en la propia existencia de tales interrogantes. Tú, que siempre has tenido que balar cuándo y cómo te lo decían, ahora eres libre, puedes moverte.
De la geometría del mueble no es que sea ningún experto, pero sé distinguir una mesa redonda de una que no lo es, e incluso de un armario de cocina. De geometría de las relaciones entre personas sentadas detrás de una mesa y ante no sé cuantas decenas de personas, ni soy un experto, ni sé o, mejor dicho, sabía distinguir, hasta que allí me encontré. Por ello, pregunté días antes al que haría de crupier en qué iba a consistir aquello. Me dijo que temía que tuvieran lugar seis mini-ponencias en vez de una conversación más o menos fluida. Hice de su temor mi tabla de salvación. Me prepararía para cada una de las preguntas dirigidas al alumnado: "veamos, asistentes, ahora voy a responder a la pregunta nº3, ¿la tienen localizada?, estén atentos para tomar nota de lo que voy a decir". Quizás habría que haberle añadido al, ya de por sí acertado, lema de este IV Encuentro de Innovacón en Docencia Universitaria "Dejar hablar al alumno... para conversar con él, para construir juntos"
Y es que, como me siento más cómodo delante de una pantalla y tras un teclado, que delante de decenas de butacas llenas y tras una mesa, redonda o cuadrada, y un micrófono, puse todo mi empeño en diseñar mi mini-ponencia, en detallar los nexos que unirían mis ideas, en elaborar éstas y, sobre todo, en la conclusión. Como, no sé si por mi poca habilidad como jugador de mesa redonda o por la escasez del tiempo de que dispusimos, no pude exponerla, ahora que, como podrán adivinar, estoy delante de una pantalla con un teclado entre mis dedos, les cuento mi conclusión o, quizás sería mejor llamarlo, conjetura.
Se trata de las creencias epistemológicas, es decir, de cómo se considera la naturaleza del conocimiento y, consecuentemente, su aprendizaje. Esto es especialmente interesante si atendemos a los docentes, pues estas creencias actuarán en la práctica como teorías implícitas que la acabarán guiando. En cierto modo, dichas creencias, dichas verdades, cualesquieran que sean, supondrán sus límites de actuación.
Según un estudio que, vaya la casualidad, me llegó tiempo atrás de parte de uno de los organizadores de este evento, se entiende que en cuanto a las creencias sobre la naturaleza del conocimiento existen dos determinantes con varios indicadores: 1) la certeza del conocimiento, donde habría lugar para, por ejemplo, el grado de convicción cuando se trata de la verdad o falsedad del conocimiento, o la propia amplitud o restricción del concepto de verdad; por otra parte se encontrarían 2) los criterios de verdad que se compondrían de la fuente de la evidencia, el modelo de justificación o el caracter absoluto o problemático de la justificación. Por otra parte, en cuanto a la adquisición del conocimiento los componente serían 1) la inmediatez del conocimiento (si no te das cuenta a la primera...) y 2) la distribución del conocimiento (el maletín del profesor cargado de conocimiento con el que entra a la clase dispuesto a repartirlo).
¿Cuál es la posición ideal del docente respecto a tales aspectos? Me atrevo a decir que la posición ideal no hay que buscarla en algún lugar entre los extremos de las dimensiones antes citadas. Creo que la posición ideal sería la que, primero, permitiera al docente percibir tales indicadores y, segundo, la que le permitiera avanzar desde un realismo ingenuo hasta el constructivismo, pasando por el relativismo. Un docente explorador y crítico consigo mismo. Orientado hacia la contínua mejora.
¿Qué se hizo en aquél encuentro sino disponer un espacio para que se construyera el conocimiento, entre alumnos, profesores y demás curiosos; para que cada uno, de manera más o menos activa, hablando o escuchando, sintentizando o comparando, comprendiera, encontrara un sentido y diera un significado propio a esto de la innovación docente y del aprendizaje autónomo? Creo que la teoría implícita que había detras -explícita en las formas- es desde la que se concibe el conocimiento como un juego dialéctico y problemático, como una construcción, siempre abierta a replanteamientos, siempre a través del pensamiento reflexivo.
Bien habrían podido Leonor Margalef o Alejandro Iborra, para algunos de los alumnos de Psicopedagogía y de otros entornos de aprendizaje, dos verdaderos exponenes de la innovación educativa, habernos presentado sus tesis y reflexiones sobre el tema, pero no lo hicieron. Fueron coherentes. Permirieron experimentar a los invitados la coherencia.
De la misma manera que no es lo mismo leer en un diccionario el significado de una palabra que experimentarla. Creo que esa es la sencilla idea que hay detrás del trailer de mi película favorita. Vertigo. Aunque les anticipo que el vértigo dentro de esta macabra historia de amor es lo de menos. McGuffin lo denominó su director.
Nos sumergimos en el agua. Todos juntos, sí, pero con tantas formas distintas de hacerlo como personas somos. Algunos rehúsan soltar el flotador, otros van a tomar el Sol desde la orilla, otros se han mojado los dedos de los pies y el agua les ha parecido demasiado fría, a otros demasiado caliente, a otros les ha parecido tibia y ya nadan como delfines, otros, incluso, como tiburones, otros hemos tragado algo de agua al zambullirnos y, tras pasar el susto, tratamos de abrir los ojos.
Es lo que intento. Ver cómo es este medio, mucho más complejo de lo que creía, supone, antes que nada, abrir los ojos y ser testigo de su vastitud y enorme complejidad. Asombrarse, es el siguiente paso. Tras él, ha llegado la clase de hoy martes, liviana en apariencia (¿qué sería de nosotros si nos quedáramos en y con las apariencias?), aunque compleja y pesada en su trasfondo.
¿Qué?, ¿cómo? y ¿por qué? son los tres interrogantes-escalones contra los que lanzar tu pelota y recogerla tras hacerla rebotar, y vuelta a empezar. Ese es el juego. Comparar las sesiones entre sí y las propias sensaciones que durante éstas experimentarás, para así poder averiguar qué tienen en común determinados momentos, para llegar a concretar los componentes de la propia experiencia. Puede que este sea el nacimiento de lo que posteriormente se convierta en aprendizaje, o quizás el aprendizaje sea el proceso entero y no sólo el resultado. De cualquier manera, ahí tiene lugar la creación de una expectativa, la misma que te acompañará a la siguiente clase, la misma que, tras lanzarla, te reportará un regalo, más o menos gustoso, pero que te permitirá obtener conclusiones, vislumbrar posibles ajustes, soportar palpitaciones más fuertes aún, etc...
La razón y la emoción se dan aquí la mano, y quizás ese sea tan solo el primer paso. ¿De qué sirven las distinciones sin una experiencia donde manejarlas? o, mejor dicho, donde ser manejado por ellas, eso ya lo veremos... ¿De qué sirve que un niño tenga un balón consigo, el mejor balón, un balón de reglamento, como decíamos cuando era pequeño, si no sale de su casa para jugar con él?
- Children's room por jpdiazdemadrid (en Flickr) -
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El anterior bien podría ser el eslogan de uno de esos anuncios norteamericanos que se importan para poblar nuestro, ya de por sí maltrecho, espacio televisivo nocturno, eso sí, tras haber sido doblados a nuestro idioma. En ellos suelen aparecer extraños tipos que recorren millas y millas para repartir plantillas de calzado a señoras con sobrepeso, chicas monas y rubias (¿o eran monas rubias y chicas?) que aparecen al lado de señores de una cierta edad que -vaya la casualidad- se acaban de tratar su miembro viril con un aparato que produce escalofríos, con sólo mirarlo, eh; o donde unos cuantos cuerpos esculturales -del estilo del de las personas que en ese momento están viéndolos desde sus sofás- y vestidos para la ocasión hacen ejercicios físicos ayudándose de extraños artefactos que -¡ojo!- no se venden en tiendas. Qué suerte la tuya, porque si además, en el mismo momento en que estás viéndolo, te decides a llamar al número que te indican, seguramente serás obsequiado con una super... qué digo super, ¡mega-oferta!
Pero no, simple, y afortunadamente, es el subtítulo que he añadido a una curiosa imagen que, a mi parecer, tiene la capacidad de reflejar el sentido y pertinencia de esta asignatura, Desarrollo en programas de habilidades sociales, optativa, en el proceso de formación de un futuro psicopedagogo. Alguien que por muchos, o pocos, conocimientos que atesore, descubra o logre construir a lo largo de su carrera, gran parte de su intervención siempre pasará por la mediación con personas y colectivos. Esta mediación no es circunstancial, aunque no niego que pueda ser vista así por los tipos más esquivos en esto de lo social, sino que se convierte en el medio natural donde fluir, tanto nosotros como lo que hagamos para los demás.
Un spray antioxidante oxidado. Un psicopedagogo incoherente con sus habilidades sociales, quien, probablemente, no haya tenido la oportunidad de haber allendeado con y desde esta asignatura.
La última de la trilogía. De esta trilogía.
En esta segunda mitad del curso me dispongo a adentrarme en el laboratorio que tendrá lugar los martes a primera, y escueta, hora; y los miércoles a última. Un lugar donde uno no sólo es el experimentador, sino parte del propio experimento, del común y del propio; donde el descubrimiento de variables se mezcla con el de la metodología, con los McGuffins, con la emoción propia, la de tu compañera y la del grupo anterior al tuyo, con tus palpitaciones y los deseos de dirigir la atención a otro lugar, o de poder dirigirla, controlarla siquiera...
Por mi parte, en estos primeros minutos, estoy tratando de rescatar lo más pertinente acontecido en las dos obras que ya he disfrutado y que me han traído a esta tercera. Algo tendrán en común cuando este ha sido el camino. Dificultades de aprendizaje se titulaba la anterior. Recuerdo que la sistematización de la mayoría de éstas dificultades, una vez superados los criterios de exclusión, discrepancia y especificidad, hacía referencia a distintos procesos o subprocesos cognitivos que funcionaban de manera diferente (es una forma de verlo) a los de la mayoría, dentro de la cual están los compañeros de clase del sujeto objeto de investigación, y que, en definitiva, hacen que el ritmo, o la metodología, o todo lo referido al aprendizaje, sea distinto en uno que en otros.
¿Se pueden aprender habilidades sociales con 24 años? ¿y con 25? ¿y con 65? ¿y conscientemente?Me lo cuestiono por que me interesa. Al igual que las posibles dificultades para el aprendizaje de éstas. ¿No será que utilizamos (inocentemente, claro) el término “dificultad” para determinar cualquier aspecto de la realidad que no aparezca, o deje de aparecer, con respecto al mapa desde el que afrontamos dicha realidad? ¿No será que hago preguntas ventajosas cuando me interesa?
Independientemente de la cantidad de habilidades ya asimiladas y de las que aún te queden por asimilar (esto lo digo tras haber coincidido en mi grupo del otro día con personas de diferentes equilibrios entre las cantidades antes mencionadas), creo que no es conveniente la existencia de grupos de refuerzo para los llamados tímidos, como el que esto escribe. Imagínese que nos meten a nosotros -si es que hay más- en una clase y a los demás en otra. ¡Qué cruel sería el reencuentro! ¡Qué fácil nadar en una pecera estando ahí el mar! Nada de lamentos. Al agua. De cabeza. Flexionemos las rodillas para comenzar...
Licenciado en Psicopedagogía y Doctor en Educación por la Universidad de Alcalá. Me interesan los procesos de aprendizaje y de desarrollo personal y, en general, entender cómo funcionan las cosas. Sobre eso y también sobre cine suelo escribir aquí.
"Dime, ¿qué está haciendo una cabra montesa aquí arriba en un banco de nubes?" —Gary Larson.
"[...] Preciso es que a partir de ahora tomes conciencia del mundo al que perteneces, y de que eres una emanación de lo que gobierna al mundo; de que tienes un tiempo tasado, y que si no aprovechas esta oportunidad para sosegarte, pasará, y tú también pasarás, y ya no habrá otra".
-Marco Aurelio. Meditaciones.
"No leas para contradecir o refutar, ni para creer o dar por bueno, ni para buscar materia de conversación o de discurso, sino para considerar y ponderar lo que lees".